Se acabó, AMLO

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A ver, a ver… Solo eso nos faltaba, que se desplomaran los precios del petróleo a nivel mundial, se devaluara bruscamente la moneda mexicana y el coronavirus fuera declarado pandemia por la OMS.

Ya de por sí los constantes palos de ciego lanzados por Andrés Manuel López Obrador han sido letales para nuestro país; ahora, con lo que ocurre a nivel internacional, se ponen las cosas color de hormiga en la 4T.

Tales eventos, sin duda, ya están pegando a todos los rubros de la economía mexicana y, en su momento, pegará a las personas más pobres, pues las limosnas que ahora reciben ya no les llegarán al quedarse seco el gobierno.

Entonces, pues, la gente puede morir, por el coronavirus, de hambre y, en el peor de los casos, desollada por la delincuencia que está desatada con la complicidad del gobierno de la 4T.

Veamos. El desplome de los precios del petróleo, la mezcla mexicana casi a la mitad, 25 dólares promedio, pega directamente al corazón de Andrés Manuel, quien, en su afán por aferrarse al estatismo socialista de los años setenta, canalizó grandes partidas presupuestarias a Pemex… para nada.

Por lo tanto, se colapsarán los proyectos faraónicos del aeropuerto de Santa Lucía, la refinería Dos Bocas y el Tren Maya, entre otros.

Las cuantiosas pérdidas de Pemex arriba de medio billón de pesos en tan solo un año colocan a las finanzas públicas en una debacle.

Y sí, en las mañaneras de esta semana ya no se ve la sonrisa triunfadora de quien tiene un as bajo la manga. Ya no.

Tras la reducción de los precios del crudo, vino otra estocada: la devaluación de la moneda, arriba de 22 pesos por dólar y contando…

En efecto, la presunta fortaleza de nuestra moneda, que enorgullecía en sus mañaneras Andrés Manuel, también se derrumbó a pesar de la tasa alta de 7 % que mantiene el Banco de México, causal de dicha solidez, en tanto que en EU es de 1.75 %. ¡Imagínense!

Ese porcentaje acaparó la atención de los inversionistas que buscan los mejores rendimientos, pero al parecer ya voltearon la vista a otros países y, por lo tanto, se están yendo los capitales de México arrastrando a nuestra moneda al infierno.

Esos dos eventos, la baja en los precios de la mezcla mexicana y la fuerte devaluación del peso mexicano ante el dólar pusieron al gobierno sobre las cuerdas. Pero ahí no acaba todo. Viene el golpe final.

Ese golpe letal puede ser el coronavirus. Sí, esa pandemia que, como jinete del Apocalipsis, recorre, con guadaña en mano, todos los países. Nadie se va a escapar, según parece.

México no es la excepción. La abrupta cancelación del Tianguis Turístico ya prendió los focos rojos. El miedo no anda en burro, diría mi tía Sara Lupe.

Las autoridades sanitarias han comprobado ya 12 casos de contagio, cuyo número pudiera convertirse en miles o millones. Bajo ese espectro terrorífico, Andrés Manuel debe evitar repetir “vamos re-que-te-bien”.

Además, si todavía hay un mínimo de sentido común, deberá cancelar sus conferencias mañaneras, pues los reporteros y personal operativo podrían ser infectados en cualquier momento, si no es que ya lo está alguno de ellos. No hay protocolos de prevención

Asimismo, vendrán consecuencias por su desprecio hacia el movimiento feminista, que realizó un exitoso paro nacional el pasado lunes 9 de marzo, donde alrededor de 40 millones de mujeres, junto con sus familiares, detuvieron el dinamismo del país retirándole el probable apoyo al gobierno de López Obrador.

Si bien el movimiento feminista, en sus inicios, se enfocó en exigir igualdad de oportunidades y justicia de género, López Obrador se puso los guantes e insultó a las mujeres. Eso provocó que las damas y sus familiares voltearan la vista hacia él y lo señalaran como un enemigo. ¡Imagínense!

Otra más. A pesar de que Andrés Manuel está acostumbrado a vivir bajo intensa presión, en los últimos días, sus problemas de salud han arreciado, como el hecho de ser sedado en Palacio Nacional por dispararse su presión arterial, comentan en voz baja algunos allegados.

Bajo esas circunstancias, al presidente Andrés Manuel López Obrador le quedan solo dos caminos: un giro de timón de 180 grados o renunciar. ¡Se acabó! Veremos, veremos, veremos.

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