¿Se oculta algún drama en la enfermedad? Parte II

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Podríamos decir que la mayoría de las cosas que los libros nos enseñan se presentan muy pocas veces en los consultorios. Esto no tiene nada de extraño, porque se aprende a reconocer una enfermedad, o a resolver una complicación, cuando se presenten, por más raras que sean una y otra. Continúa la opinión de mi médico Rodolfo Cobos. La gran mayoría de los pacientes que vemos, sin embargo, se reparten entre unas pocas enfermedades y algunas, igualmente pocas, evoluciones típicas.

Nuestra labor habitual como médico se realizaría, por lo tanto, con muy pocos tropiezos imprevistos, si no fuera por otro factor que viene a perturbarla. Es un factor que, con características distintas, lo mismo se presenta también en el despacho del abogado o del contador.

Los libros de las respectivas especialidades no nos dicen, sobre eso, mucho más que unos cuantos consejos útiles y otras tantas apelaciones al uso del “tacto” y del sentido común. El colega que lee estas palabras —asevera el Dr. Cobos— ya habrá comprendido que me refiero al inmenso campo constituido por la influencia de los trastornos psíquicos en la relación médico-paciente, en la sintomatología orgánica y en la evolución del tratamiento. La gran mayoría de nuestros pacientes plantean problemas de este tipo, y, por “culpa” de esta circunstancia, sentí, hace ya muchos años, en la clínica médica, la necesidad de ocuparme de la psicoterapia. Así me tuve que convertir en psicoanalista, y postergué, —aparentemente— la posibilidad de ocuparme de las enfermedades que afectan a la forma o al funcionamiento del cuerpo.

Pero sin concesiones a la inexactitud, que cada enfermedad distinta representa, en el escenario de la vida íntima, un drama diferente, tan típico e identificable como la enfermedad misma. Un drama que el enfermo siempre conoce de un modo distorsionado o incompleto, y cuya relación con la enfermedad generalmente ignora o malentiende. Es frecuente que, una vez terminada la historia que se obtiene como producto de un Estudio Patobiográfico, provoque la impresión de encontrarnos ante una biografía excepcionalmente dramática. Es solamente después de haber completado muchos estudios de esta clase y haber obtenido la experiencia de la dificultad que es necesario vencer para reencontrar el drama que toda enfermedad oculta, cuando llegamos a comprender que lo que aparece como una historia insólita o extraordinaria nos rodea por doquier en la convivencia cotidiana. A veces ocurre lo contrario, y las vicisitudes que la Patobiografía revela se juzgan como tan habituales, que resulta difícil creer que puedan constituir la condición de una determinada enfermedad somática.

En estos casos solemos “olvidarnos” de que la enfermedad somática considerada ocurre también frecuentemente. Para lograr “componer” historias, es imprescindible que un médico clínico y un psicoterapeuta, que sepan lo suficiente de lo suyo, puedan trabajar juntos respetando los conocimientos de la especialidad ajena y el “espacio” que cada uno necesita para poder ejercer su tarea. En rigor de verdad, si ocurre a veces que alguno de ellos quiere mostrar al otro que “sabe” lo suficiente de la especialidad que ignora, no se trata tanto de una vana arrogancia como del íntimo desasosiego que sentimos los médicos frente al sufrimiento del enfermo, desasosiego que nos conduce, porque somos mucho más humanos de lo que nos creemos, a experimentar la obligación de saberlo todo y a negar cuanto ignoramos. La experiencia muestra que el diálogo entre los médicos que diagnostican procesos y prescriben medicamentos o procedimientos, y aquellos otros que interpretan significados inconscientes y procuran curar mediante la palabra, suele ser difícil. La gran mayoría de los malentendidos que dificultan ese diálogo sucede porque cada uno asume, y da por sentados, conceptos.

Un gran reconocimiento a todos los médicos, enfermeros y personal profesional y de servicios, que hoy hacen frente heroicamente a los hospitalizados y enfermos contagiados del virus maligno que ataca a los guerrerenses, a la nación y al mundo. Indiscutiblemente, como lo señala el presidente López Obrador, son héroes nacionales.

FIN

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