Segunda transformación de México

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El 17 de diciembre de 1857, el presidente José Ignacio Gregorio Comonfort de los Ríos se propinaría un autogolpe de Estado para no promulgar la Constitución General de la República que contenía las controvertidas Leyes de Reforma, es decir, las que marcaba la separación Iglesia-Estado; la Iglesia perdía sus privilegios, empujada por una pleya de liberales encabezados por Benito Juárez. La República se convirtió en un polvorín político y social que llevó a la nación azteca a la guerra de los tres años, patrocinada por la Iglesia católica, tras perder sus fueros y privilegios que ostentó durante la era del coloniaje.

 

Fue la primera ocasión en que México llegó a tener hasta  tres presidentes de la República al mismo tiempo: Benito Juárez, Ignacio Comonfort y Miguel Miramón que a sus 28 años de edad sigue siendo el presidente más joven de México.

 

El país estaba dividido y enfrentado en una encarnizada lucha entre liberales y conservadores que en 1848 llevó a México a perder el 61 % del territorio nacional en la guerra con Estados Unidos.

 

Ante el caos político, económico y social que imperaba en México, Benito Juárez, que cobraba como presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y por ministerio de la “ley de leyes”, tuvo que asumir la Presidencia de la República el 21 de enero de 1858.

 

La nación azteca estaba en la bancarrota. Solamente ocho estados en la República tributaban a la Federación y Juárez se vería obligado a declarar la moratoria al pago de la deuda externa mexicana contraída con tres potencias europeas: España, Inglaterra y Francia, que ascendía a 80 millones de dólares, esto es 80 millones de pesos mexicanos, toda vez que la paridad peso-dólar estaba a peso por billete verde. Ante la declaratoria de insolvencia del país, las potencias del viejo mundo decidieron conformar la llamada triple alianza y se echaron a la mar para invadir México. Ya en Veracruz, Juárez negoció con Inglaterra y España el pago que les correspondía y ambas naciones regresaron a casa, pero no así, la Francia que traía otras negras intenciones: Hacer de México una colonia o un protectorado francés.

 

Juárez, que era todo un patriota, no lo permitiría jamás, aunque los franceses invadieron México y su ejército, el más chipocludo de entonces, recibió una estruendosa derrota en Puebla el 5 de mayo de 1862, pero los franchutes lograron, sin embargo, instituir en México el segundo imperio al mando de Fernando Maximiliano de Habsburgo que se convirtió en el segundo monarca de México después de que un puñado de fufurufos conservadores de aquella época fueron a pedirle a Napoleón III que enviara a México un príncipe porque la nación azteca era ingobernable. ¡Qué desprecio hacia los mexicanos de aquellos pelucas viejas, la conserva o los cangrejos!, motes que recibían los conservadores a los que hoy, ya sabe quién, les llama “conservadores fifís”.

 

Durante cuatro largos años, Benito Juárez luchó contra los franceses hasta vencerlos en el sitio de Querétaro que culminaría con el fusilamiento de Maximiliano y los traidores mexicanos, Miguel Miramón y Tomás Mejía en 1867. El ejército francés tuvo que salir de México, porque además Estados Unidos había amenazado a Francia con invadir París si no retiraba a la brevedad posible su ejército de México.

 

Sería así como Benito Juárez logaría para México lo que los estudiosos llaman la segunda independencia de México advirtiéndole al mundo que “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno, es la paz”.

 

Poner a la Iglesia católica en su lugar y regresar a los franceses a la Francia sería una patriótica acción de gobierno que habría de constituir la segunda gran trasformación de México. Lo malo de Juárez es que ya se estaba encariñando con la silla presidencial y fue la muerte la que en 1872 le arrebataría el poder.

 

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