Simpatías y compromisos

Simpatías y compromisos

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En la contienda interna del Partido Revolucionario Institucional (PRI) de 1998 para elegir al candidato a gobernador para la elección del 99, que cubrí como reportero recibí una de las mejores lecciones de realpolitik, comprendí que en el ejercicio de los apoyos políticos no es lo mismo simpatías que compromisos. De los aspirantes a la candidatura los punteros eran René Juárez Cisneros y Manuel Añorve Baños, y entre los dos se dividían a la mayoría de los priistas presentes en los eventos, pero cuando presentaban a Guadalupe Gómez Maganda, los porristas de ambos bandos se unían para ella.

Cuando los gritos de apoyo a René Juárez, quien resultó ser el candidato y luego gobernador, y los de Manuel Añorve, se unían en uno solo para corear el nombre de Lupita, se pensaba en él “hubiera”, precisamente porque no existe; pero sí las muestras de simpatías que se daban en torno a Gómez Maganda se “hubieran” reflejado en respaldo la ganadora de la contienda y con un amplio margen “hubiera” sido la señora. Pero hay una diferencia entre las simpatías políticas y el compromiso. Y es el “compromiso” el que lleva a votar. Pueden coincidir simpatías y compromisos, pero no necesariamente se pueden vincular.

En el 2000 pasó algo similar. Antes de la elección, las posibilidades de la oposición de vencer al PRI en la presidencia de la República, crecían en la medida de las recientes reformas electorales y el hartazgo en contra de ese partido; previo a la elección comenzó a llamarse al “voto útil” a favor de Vicente Fox Quesada, el argumento de ese sufragio señalaba la importancia de “sacar de Los Pinos” al tricolor, y para ello era necesario despojarse de las simpatías ideológicas, sino el compromiso de que el PRI no continuara gobernando. Así que aun cuando se fuera militante de izquierda por el “voto útil” se sufragaría por la derecha.

Después de las elecciones del 2000 el comportamiento electoral de los ciudadanos reflejó muchos cambios, entre ellos la aparición del voto cruzado, que refiere a votar por diferentes partidos, aunque sean disímbolos, se dice que se hace por el candidato y no por el partido. Las simpatías y los compromisos tienen su origen y causa en el carácter clientelar y corporativo que fundó el PRI, y que fue de las pocas cosas que no se desfundó cuando este perdió el poder; sino que más bien se refundó en otros partidos con otros liderazgos.

El uso clientelar y corporativista del PRI se trasladó a otros partidos, con otros nombres, como tribus o corrientes, pero el clientelismo basado en la ayuda condicionada al apoyo de programas institucionales y el ingreso masivo de personas lideradas por alguien se volvió una constante, él toma y daca para garantizar el respaldo hizo que aun cuando se sintiera simpatías por un candidato los compromisos fueran por otro lado.

Es por esta razón en la que las encuestas –las muy cuestionadas encuestas—no son más que una promesa de voto, que no está obligada a cumplir. El votaría no mata, el votar es lo que empobrece. La promesa del voto enriquece al que la da y al que lo recibe, pero que no pudiera tener resultados efectivos a la hora de la hora.

En este juego de engaños en el que participan amplios grupos de votantes, no necesariamente ciudadanos, el sistema clientelar y corporativo desprovee de la condición de ciudadanía porque no se basa en la elaboración de políticas públicas sino de privilegios para quienes sufragaron y apoyaron; hay quienes son defraudados, desatendidos u olvidados.

Y son precisamente estas fallas de la democracia las que hacen dudar de ella. Porque se trata de un proceso de simulación, en el que hay muy pocos que tratan de evadir y se resisten a participar en esas condiciones; pero si intervienen en las votaciones y decisiones para elegir a gobernantes, aunque al final de cuentas sean menores y con poca incidencia.

Quienes actuaron a favor por compromisos pueden resultar beneficiados o no, pero de cualquier forma ya no son necesarios, hasta el próximo proceso electoral.

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