Sin movilidad social

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Hace un par de años una amiga, que tiene el grado de Maestría en Ciencias, me comentaba de las dificultades que tenía para encontrar empleo. Ni siquiera en las tiendas de conveniencia, que comenzaban a pulular en Acapulco, la aceptaron porque, según le dijeron, estaba sobrecalificada para desempeñarse como dependienta con sus estudios de posgrado. Lo que entonces parecía una mala broma se expresa con toda su crueldad en datos del Inegi, que en estudios recientes señala que la población con mayor grado escolar es la que tiene la mayor tasa de desempleo en el país.

Lejos quedaron ya los tiempos en que los estudios superiores eran una oportunidad de tener movilidad social, una categoría sociológica que apuntaba que los estudios superiores permitían a los hijos de los campesinos y obreros no calificados podían acceder a otro estrato social arriba del que estaban sus padres. De pronto, la vía de los estudios parece estar cancelada para cambiar de condición social, lo cual debe ser motivo de preocupación, porque más que servir de aliciente, en una sociedad en la que la tasa de deserción de los estudios de educación superior es alta.

Del acuerdo a los datos del Inegi, hasta diciembre de 2017, el 42.3 por ciento de la población desocupada, el equivalente a 916 mil 677 personas, posee un estudios de nivel medio superior y superior. Para quienes estudiaron hasta la secundaria, la tasa del desempleo es del 37.5 por ciento; para los que sólo acabaron la primaria es de 13.6 y para quienes no terminaron la tasa es de 6.6 por ciento. Esto es un indicador de que los empleos que se están ofreciendo en el país es para trabajadores no calificados.

Mientras que a mejor nivel de estudios, mayor desempleo, evidencia que la creación de empleos está por debajo de las expectativas de las instituciones de educación superior, puesto que aun cuando haya formación de nuevos cuadros profesionales tengan pocas oportunidades laborales o bien las que se les ofrecen están por debajo de las expectativas de los egresados.

Si lograr un empleo como profesionista está difícil, mucho más complicado es que el fenómeno que hasta la década de los 90, en México era posible cambiar de posición social, a partir de la realización de estudios de educación superior; sin embargo esto ha cambiado, pero las ofertas que están en moda para cambiar de situación económica y social, son las actividades ilícitas las que están ofreciendo una salida de la pobreza y lo cual no es nada alentador.

Aunque sigue siendo parte del discurso de aliento a las nuevas generaciones para que realicen sus estudios superiores, el poder mejorar sus condiciones de vida, esto se enfrenta con una realidad desencantadora ¿Qué se le puede ofrecer a un joven para animarlo a estudiar y ser un profesionista? ¿Sólo el orgullo de los padres de lograr tener un profesionista en la familia?

Hasta el momento el gobierno federal ha impulsado una política de educación e investigación, en la que los egresados de la educación superior puedan realizar estudios de posgrados con becas para dedicarse de tiempo completo al estudio. Sin embargo, las dificultades que se presentan tras nueve años de estudios, en promedio —cuatro años de licenciatura, dos años de maestría y tres de doctorado— es entretenerlo en las aulas escolares, en la medida que sus capacidades intelectuales lo permitan. Pero poca experiencia laboral.

Los datos del Inegi son de una preocupante realidad. Debe impulsar a la iniciativa privada junto con las instituciones gubernamentales para la generación de empleos a esa fracción de la población que tiene altos grados de estudio, porque de lo contrario sólo se impulsará la fuga de cerebros del país.

Hace ya varios años que se veía a Cuba con una gran condescendencia. Mientas aquí tener estudios significaba la movilidad social, allá se veía a los taxistas con profesiones. Ahora estamos igual o peor.

Sin embargo, allá la descomposición social no ha llegado al nivel que tenemos en México y en particular en Acapulco, en el que el principal medio para obtener la movilidad social —hasta niveles de riqueza escandalosa— son las actividades ilícitas. Que esto siga así no conviene a nadie.

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