¿T-MEC, comercio neoliberal?

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A ver, a ver… Quién iba a creer que el gobierno de la “cuartaté” o “transformación de cuarta” sería el más aplaudidor por el acuerdo final logrado entre los gobiernos de Estados Unidos, Canadá y México en torno al Tratado de Libre Comercio o T-MEC el pasado 10 de diciembre en Palacio Nacional.

Y sí, ahí estaban la viceprimer ministra de Canadá, Chrystia Freeland; el representante Comercial de Estados Unidos, Robert Lighthizer; Jesús Seade, subsecretario de Relaciones Exteriores de México para América del Norte; Arturo Herrera, titular de Hacienda y Crédito Público; al centro el presidente Andrés Manuel López Obrador… todos con una amplia sonrisa festejando el triunfo… de un tratado neoliberal. Solamente que no se dijo que dicho pacto fue un addendum al ya acordado entre la administración de Enrique Peña Nieto y Donald Trump. Y ese agregado fue una “cuña” que el Partido Demócrata logró introducir para arrinconar al gobierno y exportadores mexicanos.

Veamos. Con el nuevo tratado, Washington podrá realizar labores de vigilancia en México sobre el cumplimiento de la ley laboral y pedir un panel de expertos cuando se viole la democracia sindical, según el protocolo modificatorio para ratificar el pacto comercial.

El subsecretario Jesús Seade explica que se aplicará, por ejemplo, en la elección de los líderes sindicales, la aceptación de un contrato colectivo o su revisión. En tanto que Eugenio Salinas, presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de la Concamin, afirmó que los paneles de expertos se formarán cuando se acuse que no se cumple con el tema de la democracia sindical.

Esta “cuña” impulsada, particularmente por Richard Trumka, presidente de la AFL-CIO, la federación sindical más poderosa en la Unión Americana y avalada por Nancy Pelosi, presidenta de la mayoría demócrata en la Cámara baja, puso de rodillas al gobierno de la 4T.

Trump, desde luego, envió elogios a López Obrador por no oponerse ni decir “ni pío” a las nuevas reglas.

Donald Trump se dice que no quería a Peña Nieto —pese a ser neoliberal— porque desafinaba en su orquesta. Y debido a esa discrepancia, nunca lo recibió en la Casa Blanca.

En cierta ocasión, Peña Nieto ya tenía medio cuerpo en el avión rumbo a Washington y de última hora le canceló Trump. Y sí recibió, en cambio, a casi todos los líderes latinoamericanos, hasta a Lilian Tintori, esposa de Leopoldo López, líder opositor en Venezuela.

Hoy, Andrés Manuel López Obrador, a pesar de sus tendencias socialistas y supuestamente antimperialistas, camina de la mano con Donald Trump. Y aunque no sabe hablar inglés —y a veces ni español— se entiende bien, a través de Marcelo Ebrard, con el presidente estadounidense.

Así, todo parece indicar que el T-MEC será ratificado por los tres países en cuestión, lo que tendrá una vigencia de 16 años y en seis se revisarán las condiciones para evaluar si continúan por otros 16 más.

Mientras tanto, el Tratado de Libre Comercio que fue esbozado por el gobierno de Ronald Reagan desde los años 80 fue “cuajado” y firmado sin cambios por el gobierno de Carlos Salinas en 1994.

A partir de entonces, el futuro económico de México cambió. Pasó de ser un país artesanal, cerrado, a uno moderno, abierto al mundo.

Si bien los prejuicios ideológicos y políticos de los gobiernos sexenales han sido las causas principales de no aprovechar a fondo las ventajas del TLCAN, evidentemente en México ya no lo puede detener ningún gobierno por más de izquierda o populista que resulte.

Hoy, el intercambio comercial con la Unión Americana es de alrededor de 600 mil millones de dólares anuales; antes de 1994, apenas alcanzaban los 60 mil millones de dólares.

Los bienes y servicios que antes tardaban en llegar años a nuestro país hoy están al alcance de todos, casi de inmediato; ejemplo, los celulares.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador, en este caso concreto, al parecer, se dio cuenta que no puede detener la globalización económica neoliberal, como no puede evitar la rotación de la Tierra. Bien, bien.

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