Trump, ¿a loser?

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Nadie se imaginaba, ni siquiera los mejores analistas de la CIA, del Pentágono o de la Casa Blanca habían anticipado o previsto que 2020 se convertiría en el peor año de  nuestras vidas y electoralmente hablando en arenas movedizas para un candidato como Donald Trump que intenta vender su fortaleza económica como baza para la reelección.

 

Todavía el año pasado su discurso giraba en torno a  dos ejes: el muro  y el rechazo a los migrantes ilegales; y el crecimiento junto a su política fiscal. A mediados de julio de 2019, el FMI pronosticaba un PIB de 2.6 % para la Unión Americana y de 1.9 % para este año.

 

La pandemia lo ha alterado todo: en sus proyecciones más recientes, el organismo internacional anticipa una caída de 4.3 % en el PIB norteamericano y una recuperación de 3.1 % para 2021.

Solo China crecerá este año 1.9 % o quizá más si los datos del cuarto trimestre son igual o inclusive más favorables que los reportados por la Oficina Nacional de Estadística (ONE)  para el tercer trimestre con un crecimiento del 4.9 por ciento.

 

La guerra comercial emprendida por el propio Trump contra China, de hecho llevada a  otros frentes como el de la contienda tecnológica con acusaciones de  espionaje y de por medio roces en la geopolítica con una carrera militar y espacial abierta, forman parte de este escenario ahora enrarecido por un virus mal informado desde el principio por China y por la OMS.

 

Alguien ha ganado esta guerra y alguien la ha perdido, salvo que para Trump solo sea una batalla más en su frente contra el Partido Comunista Chino y espere darles un revés si gana la reelección el próximo 3 de noviembre.

 

El mandatario estadounidense tiene un doble frente abierto: uno en la arena internacional, ¿qué dignatarios y de qué países quieren realmente entenderse con Trump por otros cuatro años? Más allá de Israel, Brasil, Arabia Saudita, Hungría…

 

El otro frente es interno: sin su mejor arma de por medio, la fortaleza económica, le queda a la gente mucho rencor, sentirse traicionada, no es el mismo escenario de hace cuatro años atrás en que el efecto Obama metió a un outsider a la Casa Blanca.

 

Su discurso envalentonado lo llevó al poder, sin embargo, todo este tiempo en el gobierno le ha dado a la gente la oportunidad de conocer más del showman: tirano, autoritario, narcisista, carente de lógica en su toma de decisiones, sus múltiples roces con la gente de su gabinete y otros ministros no han pasado desapercibidos.

 

Es una persona impulsiva, un mandatario con tal presión y responsabilidad, no puede caer provocadoramente en su cuenta de Twitter para proferir amenazas a otros mandatarios como lo hizo contra el dictador norcoreano Kim Jong-un.

 

A COLACIÓN

 

La del próximo tres de noviembre será una elección en la que el mundo estará muy pendiente, más porque flota la duda de qué reacción tomará Trump si pierde por un margen pequeño contra Biden.

De eso va el meollo, del margen de la victoria, cada voto será esencial, eso lo sabe Biden que ha decidido apretar su campaña en Texas porque el sufragio hispano esta vez  sí  puede marcar una enorme diferencia.

 

Si Wall Street votará por Trump y los supremacistas, igual algunos latinos anticubanos y antichavistas, y estarán apoyándolo los lobbies judíos, no hay que menospreciar al voto hispano.

 

Primordialmente el voto hispano joven, el de los muchachos de 18 a 24 años que están en las universidades o que se han quedado a la puerta de ingresar a alguna; de esos hispanos que han visto morir a los suyos de coronavirus desatendidos por un sistema de salud que los excluye y discrimina.

 

Tanto los afroamericanos, como los hispanos, son los dos grupos de minorías más afectados por la pandemia en Estados Unidos. El coronavirus jugará fuerte en estas elecciones, quizá Trump se haya dado un tiro en el pie con su guerra comercial…

 

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