Trump: visto para sentencia

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Al final, Donald Trump se saldrá con la suya y, lejos de que este juicio político lo debilite de cara a las elecciones presidenciales de este año en Estados Unidos, el presidente norteamericano capitalizará a su favor la incapacidad de los demócratas, que deberán conformarse con una victoria moral y soportar al magnate —junto con sus dislates y bipolaridad— al frente de la Casa Blanca.

Si el impeachment tuviese otro escenario nacional e internacional, si, por ejemplo, aconteciera en la década de 1960 a 1980, muy seguramente Trump terminaría destituido.

A él lo beneficia esta corriente actual que privilegia —y premia— a los políticos duros, los discursos faltos de benevolencia y, con tono rudo, favorecen a quienes, como Trump, son capaces de hacer lo que sea para llegar al poder y conservar el timón de mando.

El uso y abuso del poder que él ejerce estaba visto desde su campaña presidencial cuando vetó a varios medios de comunicación y sus periodistas por el simple hecho de cuestionarlo. El uso y abuso del poder que él ejerce como presidente de Estados Unidos es tan evidente que él mismo es su vocero, ningunea a su equipo cercano y solo se fía de su familia —como lo hacen los mafiosos—, usándola como consejera directa y encargada de temas tan espinosos como el proceso de paz entre Israel y los palestinos.

Trump juega a ser presidente plenipotenciario y los tiempos políticos lo favorecen, saca el mayor provecho de esas corrientes de ciudadanos que creen que solo serán salvados de la debacle y de la incertidumbre si votan por el tipo más gañán del barrio.

Con una popularidad por encima del 45 % (el pelirrubio tiene sus propias cifras con un 51 %), el impeachment terminará haciéndolo más fuerte bajo la baza de que no se puede acusar dos veces a la misma persona por el mismo delito. Con el juicio político fracasado y Trump reelegido por cuatro años más, se moverá como un tiburón blanco en el océano de la política internacional.

El descalabro vendrá para los demócratas porque la gente está penalizando los titubeos y las debilidades, quiere sentirse arropada por el macho alfa.

Guardadas las proporciones del caso, nadie daba tres peniques por Boris Johnson, el rutilante periodista y político que ganó las primarias del Partido Conservador para sustituir a la primera ministra británica Theresa May, quien, harta del Brexit, terminó renunciando.

Pero ha sido el lenguaje hosco, la mano dura y desafiante, lo que ha terminado devolviéndole la luz a los británicos que votaron mayoritariamente por irse de la Unión Europea (UE). Johnson ha sido el farolero en medio de la oscuridad que les ha devuelto certidumbre y encima ha provocado el descalabro del Partido Laborista.

A COLACIÓN

Con varios frentes abiertos en el terreno internacional, la geopolítica es también otra baza a favor de Trump; cierto sector del estadounidense promedio inflamado con orgullo por las barras y las estrellas también goza sabiendo que su país “corta el queso” en la arena internacional y que en el exterior impone miedo y respeto.

De acuerdo con un sondeo realizado por ABC News el pasado 13 de enero, al respecto de una posible guerra contra Irán, de los encuestados por grupos políticos, “un 94 % de los demócratas y el 52 % de los republicanos dijeron que estaban muy preocupados o algo preocupados por el potencial conflicto en Medio Oriente”.

La búsqueda del eterno conflicto sirvió de bálsamo electoral para la reelección del muy impopular presidente republicano George Walker Bush (2001 a 2009); los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 le dieron a él la oportunidad de afianzarse en la Casa Blanca tras los múltiples rumores de sus adicciones e incapacidad de mandato.

No solo la invasión de Afganistán, sino la de Irak, con el derrocamiento de Sadam Husein en marzo de 2003, fueron el eje del gobierno de Bush con toda la prensa volcada en la lucha contra el terrorismo y la caza de Osama Bin Laden mientras los negocios energéticos y de nuevo armamento favorecían desde la Casa Blanca a los amigos del presidente Bush.

Trump, desde que llegó a la Casa Blanca el 20 de enero de 2017, ha buscado insistentemente el mismo derrotero: una confrontación con Corea del Norte y en otros momentos con Irán… Habla de paz mostrando el garrote represor como el malote del barrio, pero él sabe que toda esa algarada significa mover el negocio de sus amigos, partners y financiadores electorales y que, primordialmente para él, se traduce en votos… votos para ganar la reelección.

 

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