Un misterioso régimen

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Este sábado comienza el régimen del misterio. Quieran los santos y las 11 mil vírgenes que estos cinco meses le hayan servido al mesías de Macuspana para reflexionar que la campaña electoral terminó y ahora, con el aval de 30 millones de electores, es el presidente de todos los mexicanos y su obligación fundamental a partir de este sábado es unir y cohesionar a una heterogénea sociedad destruida por la corrupción, las malformaciones sociales del crimen organizado y la agigantada pérdida de valores universales.

Sí, la primera tarea del presidente número 88 de México será unir a los mexicanos respetando todas las libertades y comenzando por la de expresión, además de entender que vivimos en un Estado laico, no confesional, que no necesita de catecismos constitucionales moralinos. ¡Urge una reconciliación nacional de verdad, no de dientes pa fuera! ¿Logrará López Obrador cumplir ese desafío?

El señor López Obrador será tan respetado si es capaz de llevar a cabo acciones de gobierno que merezcan el respeto ciudadano. De seguir con declaraciones contradictorias que solamente provocan inestabilidad económica y social, su popularidad se desplomará estrepitosamente, como ocurrió desde la cancelación del Aeropuerto de Texcoco, pues las encuestas lo sitúan con una pérdida de adeptos del más del nueve por ciento.

Recordaré que el señor López llega al poder con la legitimación de origen que muy pocos presidentes de la República pueden presumir, entre ellos, Vicente Fox Quesada, a quien se lo chupó la bruja en el poder por no poder. El señor presidente decidirá si teniendo un capital político monumental se deslegitima en el poder.

Otra cosa fundamental, el señor López Obrador debe hablar menos y hacer más, mucho más, pues los rancheros allá en mi tierra nos dicen que “en boca cerrada no entra mosca”, aunque su régimen sea más misterioso que hablando hasta por los codos.

También López Obrador tiene que ponerle un bozal a los porros que han provocado inestabilidad política y financiera desde el Senado y la Cámara de Diputados por sus declaraciones irresponsables, como Félix Salgado Macedonio, ese variopinto guerrerense que en su afán de quedar bien con su jefe amenaza a los gobernadores del país con la desaparición de poderes si no se pliegan a los dictados del dios sexenal. También Ricardo Monreal Ávila, quien desató una temblorina entre la manada de especuleros en los mercados financieros por su anuncio de poner fin al cobro arbitrario de comisiones por los servicios que presta la banca nacional y extranjera.

Así que muy saludable sería para la República que se dejen de lambisconerías y se concreten a lo concretado, a trabajar con responsabilidad, si es que el señor López Obrador quiere efectivamente pasar a la historia como el régimen de la cuarta transformación de México. México espera de él que no sea más de lo mismo, mucho menos más de lo peor. De él depende el éxito o el fracaso de su gobierno que hasta ahora resulta un misterio para los mexicanos.

¿Logrará Andrés Manuel López Obrador terminar su sexenio con una precaria salud y con retos monumentales que lo hagan pasar a la historia como un presidente odiado o querido? Él tiene la palabra.

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