Un nuevo Congreso, un viejo Congreso

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Esta semana, el diputado federal Porfirio Muñoz Ledo se volvió a lanzar de manera muy crítica contra sus homólogos y correligionarios, a quienes acusó de ser lambiscones e hipócritas, pues, a pesar de que le ofrecieron apoyar su reserva a la reforma constitucional al artículo 4 de la Constitución, apenas tres hicieron efectiva la promesa en materia de bienestar y salud.

El legislador fue bastante duro en su mensaje a sus compañeros de Morena, les dijo que era infamante que solo se aprueben las reformas constitucionales que envía el Ejecutivo y no las que presentan los diputados, por lo que los acusó de hipócritas y lambiscones, además de impulsar una dictadura silenciosa.

Muñoz Ledo, en su alocución, manifiesta un retorno al pasado, las actitudes y características del viejo Congreso del viejo régimen político: un retroceso de más de 30 años.

El anterior sistema político mexicano perduró hasta 1997, cuando el presidente disponía del Congreso como un Poder Legislativo subordinado. A partir de entonces, en la Cámara de Diputados a nivel federal, el Ejecutivo ya no contó con la mayoría de su partido. Un año después, en 1998, en siete estados ocurría algo similar, que los gobiernos estatales tampoco tenían mayoría, dando origen al concepto de gobierno dividido, en el que el Ejecutivo no contaba con la mayoría en el Congreso.

Antes de ello, el presidente autorizaba las listas de candidatos y quienes seguramente serían diputados, que no era la única manifestación del poder presidencial, pues todos los cargos gubernamentales, de representación popular y de designación, obedecían al mismo modo y se replicaba en los estados del país. Los diputados no debían su cargo a los electores, que solo legitimaban las decisiones tomadas en los pasillos del poder, era a los ejecutivos a quienes debían sus posiciones.

Esto terminó en 1997, cuando la competitividad electoral constituyó una nueva conformación del Congreso, porque muchos de quienes accedieron a una curul lo hicieron postulados por partidos de oposición al PRI, es decir, PAN y PRD, y por mayoría relativa. Los electores ya no refrendaban las decisiones del PRI ni del presidente, sino que elegían a candidatos opositores.

Esta nueva condición de integración del Congreso y, en concreto, de la Cámara de Diputados, lo hizo emerger como un nuevo actor político. El Poder Legislativo retomó sus funciones de contrapeso del Ejecutivo porque ya no era subordinado; se convirtió en un espacio de debate donde, de las iniciativas enviadas por el Ejecutivo a partir del segundo trienio de Ernesto Zedillo, pasando por los periodos presidenciales de Vicente Fox,

Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, ninguna tuvo la mayoría en el Congreso.

En esta transición y emergencia del Poder Legislativo, Porfirio Muñoz Ledo se convirtió en actor relevante. A pesar de no haber sido legislador con anterioridad, como senador postulado por el Frente Democrático Nacional (FDN) en 1988 mostró mayor experiencia que varios de sus colegas y por sí mismo se le consideró “toda la oposición” en el Senado en ese entonces por el número de discursos pronunciados y los debates que provocó.

32 años después, Muñoz Ledo, a pesar de ser parte del partido en el poder, se revela prácticamente como “toda la oposición” en la Cámara de Diputados ante sus compañeros y los legisladores de oposición a Morena. La voz cascada por la edad de Porfirio Muñoz Ledo evidencia que no ha perdido potencia en sus críticas, lo que se considera un retorno al pasado, en el que el Ejecutivo tiene subordinado al Legislativo.

Las expresiones hechas en contra de sus correligionarios no han sido las más elegantes porque, en una primera ocasión, mentó madres por la forma de legislar y, en esta ocasión, los llama hipócritas y lambiscones. Pero esto es muy probable que se deba a su desesperación del nivel de retroceso histórico que se está dando en un nuevo gobierno, que parece muy viejo.

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