Una víctima de la justicia

Una víctima de la justicia

Comparte con tus amigos










Submit

El Estado, constituido por leyes, gobierno e instituciones, ostenta el monopolio de la violencia y la violencia de Estado no se investiga a sí misma. Ese ponzoñoso monopolio de la violencia tiene entre sus vicios el fabricar culpables y hacer víctimas a inocentes que ni la deben, ni la temen. Esta semana, a los 54 años de edad murió el oaxaqueño Othón Cortez Vázquez, señalado por la PGR como el segundo tirador contra Luis Donaldo Colosio en Lomas Taurinas, Tijuana, el 23 de marzo de 1994. Othón Cortez murió víctima de la diabetes y no del coronavirus. Othón Cortez trabajaba en ese entonces para el PRI estatal de Baja California y el día del magnicidio fungía como chofer del general Domiro García Reyes, jefe del Estado Mayor Presidencial, a cargo de la custodia de Colosio Murrieta.

Entonces, ¿cuál fue el pecado de Othón Cortez? Solamente el haber estado en la llamada ratonera de la muerte. El macabro fiscal de la PGR para el caso Colosio, Pablo Chapa Bezanilla, fue el tirano que señaló a Othón Cortez como el coautor del colosidio. Sí, Chapa Bezanilla que también tuvo a su cargo las investigaciones del Cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y José Francisco Ruiz Massieu, número dos del PRI, era ciertamente maquiavélico, pues en el caso de Ruiz Massieu fue capaz de impregnarlo de brujas con María Zetina, la Paca y los huesos del cadáver del muerto en una finca conocida como El Encanto, en el Edomex, fue quien hizo de Othón Cortez una víctima y le destrozó la vida para toda su existencia.

Este átomo de la comunicación en su investigación sobre el libro “Los Años Macabros” que incluyó el análisis de más de 500 fotografías del mitin de Lomas Taurinas, 13 videos, misteriosamente procedentes de Argentina y el haber estado presente en la escena del crimen de Colosio, jamás recuerda haber visto a menos de dos metros de distancia de Colosio a Othón Cortez, quien sin deberla, ni temerla, se pasó casi dos años en el penal de Almoloya, construido durante el salinato y curiosamente estrenado por el hermano del presidente, Raúl Salinas. El juez de la causa no le probó absolutamente nada a Othón Cortez y tuvo que dejarlo en libertad, pero el Estado mexicano jamás se dignó en ofrecerle una disculpa pública o haberle compensado el destrozo de su vida con alguna retribución económica.

El caso Colosio es, sin duda, un crimen de Estado, un crimen de la narco-política que se metió desde entonces a las estructuras del Estado mexicano al más alto nivel. El colosidio siguió los pasos del asesinado presidente norteamericano John Fitzgerald Kennedy en 1963, en Texas. Ambos crímenes de Estado fueron cerrados sin haber tocado a los autores intelectuales e incluso, en el caso Colosio se duda aún del Mario Aburto que está en alguna cárcel de alta seguridad de México, toda vez que científicamente, el periódico El Universal realizó una reconstrucción con milimétricas medidas de las caras de tres supuestos Aburtos. Al Mario Aburto que disparó dos tiros contra Colosio, yo lo vi a dos metros de distancia en la PGR de Tijuana y se asegura que esa misma noche fue liquidado en una playa de Rosarito y los demás Aburtos fueron sembrados por la PGR.

Comparte con tus amigos










Submit