Waterloo de AMLO

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En las elecciones pasadas del 6 de junio y tras obtener solamente unos 26 millones de votos, incluyendo los de sus aliados, AMLO comenzó su Waterloo político perdiendo su principal bastión, la Ciudad de México y después de la debacle de este domingo en la consulta popular para enjuiciar a los actores políticos del pasado, López Obrador sumó otra derrota electoral, preámbulo de la que podría sufrir el próximo 21 de marzo del 2022 en la “revocación de mandato”, pues de perderla, irremediablemente tendría que dejar la presidencia e irse a su rancho ese que tiene un nombre muy vulgar y corriente. Pero como AMLO nunca acepta sus errores, la debacle de este domingo se la endosa al Instituto Nacional Electoral (INE), quejándose amargamente de que no divulgó la consulta popular y violando la veda electoral. AMLO y su partido Morena se dieron a la tarea de promocionarlo rabiosamente con resultados desastrosos. Obviamente que violaron la ley porque ni el gobierno, ni los partidos políticos podían meter las manos en ese dizque ejercicio democrático que no fue otra cosa que una vil farsa.

Si para entonces AMLO no logra acumular más de 36 millones de votos en la revocación de mandato se tendrá que ir, pero si rebasa esa cifra podríamos estar ante una ponzoñosa reelección. Francamente se antoja imposible que rebase los 36 millones de votos, como ocurrió este último domingo con la consulta popular que, ante el rotundo fracaso, los últimos cinco expresidentes de la República: Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, podrán dormir tranquilos porque AMLO les hizo lo que el aire a Juárez con dicha consulta, aunque ante el fracaso político, ahora el inquilino de Palacio y sus achichincles más allegados hablan de crear una “Comisión de la Verdad”, pues de lo que se trata es de que AMLO inyecte toda su ponzoña y odios contra sus adversarios que le impidieron llegar a la Presidencia de la República cuando a él se le quemaban las habas por sentarse en la silla presidencial.

La cuestión es que AMLO y el partido del gobierno quieren comerse vivo al INE, al que ni presupuesto le dieron y todo con un fin muy claro: desprestigiarlo para llevar a cabo una reforma político-electoral que le permita a López Obrador apoderarse del control de esa institución que hasta hoy ha demostrado ser lo más confiable y garante de la voluntad de los mexicanos para que las ponzoñosas fuerzas políticas jueguen a lo que han dado en llamar la democracia, una democracia que ha reducido a los mexicanos a ser pagadores de impuestos y viles objetos de uso electoral; una democracia que no se siente en los bolsillos, las mesas, ni en las panzas de muchos millones de compatriotas que ven pasar uno, y otro, y otro sexenio y ellos siguen igual de jodidos; porque los gobernantes, del partido que sean, no han sido capaces de crear un ambiente de reconciliación nacional, capaz de crear miles de empleos que se necesitan para no estar a merced de las dádivas electorales con las que la ponzoñosa partidocracia ultraja la dignidad de los mexicanos.

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